Alguna vez les ha pasado que en uno de esos viajes que uno hace en su juventud conoce a personas que marcan sus vidas de una manera extraña, y en algún punto llegan a sentirse atraídas hacia ellas?
Es una sensación inexplicable, porque sabes que fuera de esa burbuja de ese tiempo/espacio ustedes nunca pudiesen tener algo estable por la gran incompatibilidad de caracteres, pero en ese momento, la combinación de una ciudad extraña, una persona diferente, los acentos que buscan un común denominador para entenderse, la adrenalina que fluye en los cuerpos frente a no saber lo que puede pasar, y la torpeza de dos extraños que se vuelven niños idiotas frente al otro por no saber como reaccionar ante la situación.
Ese sentimiento...
Y luego que pasa el momento, y uno vuelve a su vida normal, se queda el contacto aunque no tan frecuente, con la duda de lo que pudo haber pasado si coincidiésemos en nuestro hábitat.
Y pasan los años y el destino nos junta. Y es en esa segunda oportunidad cósmica que llegamos a conocernos verdaderamente y recordar el pasado, ese día de mayo en que nuestros caminos se cruzaron en la víspera de mi partida hacia la que en ese entonces llamaba mi ciudad, esa tarde espontánea de dejarnos llevar por los impulsos, de no pensar mucho, de reír demasiado, de esconder alguno que otro secreto que nos esperaba ansioso en casa, y luego todo lo que nos perdimos en ese hiato del que el tiempo se encargó para al fin, luego de continuos días de ponernos al tanto, crear nuevos momentos que siempre vivirán en una parte muy especial del corazón, con la esperanza de repetirlos la próxima vez que el universo nos coloque en el mismo lugar.
La tercera es la vencida.
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